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ARDA IL MIO CORE
PEDRO PÉREZ (CONTRATENOR)



Tarquinio Merula (1595–1665): Folle è ben che si crede. Juan Hidalgo (1614–1685): De las luzes que en el mar. Esperar, sentir, morir. Ay, que sí, ay, que no. La noche tenebrosa. Tened, parad, suspended. Peynándose estaba un olmo. Johannes Hieronymus Kapsberger (ca. 1580-1651): Già risi del mio mal. Giovanni Felice Sances (1600–1679): Cantata “Non sia chi mi riprenda”. Lucas Ruizde Ribayaz (1626–1677): Marionas. John Dowland (1563–1626): Time stands still. Can she excuse my wrongs. Sir John Such Galliard. Come again, sweet love doth now invite. Dowland's Galliard. If my complaints could passions move. Claudio Monteverdi (1567–1643): Sì dolce è'l tormento. Ecco di dolci raggi il sol armato. Pur ti miro.

Pedro Pérez (contratenor) con Verónica Plata (mezzospoprano), Ignacio Portillo (guitarra barroca, laún y tiorba), Sara Águeda (arpa de dos órdenes) y Andrés Alberto Gómez (clave y virginal)

¡Que arda mi corazón!” Si nos preguntaran por la pasión, por los amores que en nuestra vida han ido y venido, nos vendrían a la mente imágenes diversas de los amores adolescentes, de los platónicos, de aquellos que nos esbozan esa media sonrisa y una reveladora caída de ojos... ¿Quién no se ha enamorado alguna vez? No cabe duda de que también recordaríamos lo mucho que se sufre en el mar de la incertidumbre, de la espera, por saberse rechazado. Sí: el corazón es el que manda. El amor, en su esencia y funcionamiento, no ha cambiado mucho a lo largo de los siglos, y es por ello que nos sentiríamos muy identificados con cada una de las obras de este álbum. Todo un tratado de amor, de espera, de paciencia, de dolor, de incertidumbre, de esperanzas… articulado en torno a compositores procedentes de tres países europeos: Inglaterra, Italia y España.

A principios del siglo XVII, para expresar emociones tan complejas como el amor, los músicos y poetas, inspirados por el pasado histórico clásico, buscaron la semanticidad de la que ya antes habló Zarlino en sus Istitutioni harmoniche (1558). Más adelante, Vincenzo Galilei estableció en 1581 las bases sobre las que se construiría la “nueva música”, relacionando las palabras y el sonido con el mundo emocional del oyente. Y, desde ese preciso instante, la Teoría de los Afectos dejó de ser solo teoría, convirtiéndose en un lenguaje que hace partícipe de sus efectos al espectador. Estos músicos y poetas que brindaron sus palabras al servicio de la música desarrollaron un verdadero juego intelectual y emocional. Supieron ahondar en los vericuetos del amor luchando contra la contrariedad y la desesperanza del rechazo. ¿Quién mejor para expresar esto que el diálogo continuado entre un músico y un poeta?

En sus obras, John Dowland (1563-1626) desvela su verdadera pasión: la expresión máxima de la melancolía que produce amar incondicionalmente, aun sin ser correspondido. Para ello se han intercalado obras con laúd, virginal muselar y arpa, completando la riqueza sonora de estas piezas “domésticas”. Incluso en las obras instrumentales recogidas en este disco podemos percibir una gran carga emocional: donde no es necesaria la palabra, la música es una completa comunicadora.

Juan Hidalgo (1614-1685), considerado padre de la zarzuela y la ópera española, colaboró con literatos de la talla de Pedro Calderón de la Barca, como en la obra El laurel de Apolo (1658), considerada una de las primeras zarzuelas. El estilo compositivo de Juan Hidalgo se desarrolló entre tonalidades sencillas, rítmica popular y sincopada, identificando los estilos musicales con personajes concretos. Utilizó textos populares y poéticos que describen historias clásicas mitológicas o situaciones cómicas, a veces ironizando sobre los personajes. El arpa y la guitarra eran los instrumentos más comunes para acompañar estas obras teatrales; no en vano Hidalgo, además de compositor, fue un gran arpista.

Mejor es la muerte que vivir el tormento de no saberse correspondido”. Con tal rotundidad afirmó Claudio Monteverdi (1567–1643) su entendimiento sobre los andamios del amor. Con melodías modales sencillas, que prevalecen por encima de todo el texto, Monteverdi representa ese tipo de amor angustiado por la incertidumbre de la correspondencia en dos de sus obras: Sì dolce è'ltormento (1624) y Ecco di dolci raggi il sol armato (1632).

El estilo italiano de Johannes H. Kapsberger (ca. 1580 - 1651), alemán criado musicalmente en Italia, es propio de esa “música nueva” que estaba surgiendo de las verdaderas pasiones humanas. Famoso por ser virtuoso de la tiorba y otros instrumentos de cuerda, en Già risi del mio mal (1619) nos lleva por los laberintos del dolor en la esperanza, aunque una vez más sin respuesta. Al igual que en Folle è ben che si crede (1638) de Tarquinio Merula (1595 – 1665), donde, con inabarcable sensibilidad, el autor consigue desentrañar musicalmente figuras retóricas, atizando los más hondos sentimientos.

Por último, Giovanni Felice Sances (1600-1679), demuestra en la cantata Non sia chi mi riprenda (1636) una rica sensibilidad en la composición. La obra, recogida en Il quarto libro delle cantate et arie a voce sola (1636), evidencia los conocimientos que el compositor y cantante poseía sobre los entresijos de la voz y sus posibilidades para mover y expresar los afectos.  

© 2016 Marta Serrano Gil.

CD: 15.00 €
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