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PAGANINI - SARASATE - FRANCK
GABRIEL ARCÁNGEL (VIOLÍN) & BRNO PHILHARMONIC ORCHESTRA (DIRECTOR: MIKEL TOMS) & JORGE ROBAINA (PIANO)



GABRIEL ARCÁNGEL (violín) & BRNO PHILHARMONIC ORCHESTRA (director: Mikel Toms): NICOLO PAGANINI (1782-1840): Violin Concerto nº 1 op. 6 in D major. PABLO SARASATE (1844-1908): "Gipsy Airs" ("Aires gitanos") for violin and orchestra, op. 20. (Live recordings taken from a concert in Brno, July 2008)

 GABRIEL ARCÁNGEL (violin) y JORGE ROBAINA (piano): CÉSAR FRANK (1822-1890): Sonata in A major for violin and piano (from Vienna Konzerthaus, November 2007).

 

De los seis conciertos que Nicoló Paganini (Génova 1782-Niza 1840) escribe para su instrumento, el violín, son dos, el primero en Re mayor y el segundo en Si menor, cuyo tercer y último movimiento, un célebre rondó, es conocido popularmente como La Campanella, los que han logrado una permanencia en el repertorio concertístico.

El concierto que aquí nos ocupa, el primero en Re mayor, fue escrito en torno a 1817 y más o menos contemporáneamente a los 24 Caprichos, un momento en el cual Paganini se hallaba en la cúspide de sus facultades técnicas (a diferencia de los Caprichos, que nunca tocó en público, el Concierto formó parte desde entonces de su repertorio estable de conciertos), fue originariamente compuesto para ser tocado en la tonalidad de Mi bemol gracias al efecto de la scordatura, consistente en este caso en afinar las cuerdas del instrumento un semitono por encima de lo normal, permaneciendo no obstante la orquesta normalmente afinada. De este modo lograba una  brillantez superior del violín solista respecto al tutti orquestal, debido al incremento de la tensión de las cuerdas que proporciona un sonido más tenso y forte. Este recurso no constituía una novedad por parte de Paganini, pues se venía usando de vez en cuando ya desde Vivaldi; sin embargo Paganini lo lleva hasta límites verdaderamente peligrosos en alguna obra, como las "Variaciones Mosé" sobre la cuarta cuerda. Hay que tener en cuenta que las cuerdas usadas por Paganini y los violinistas de esa época y aún bastante posteriores eran totalmente de tripa, sin entorchamiento de metal alguno, lo que aparte de otorgar un sonido más aterciopelado y dulce (también más escaso), consentía experimentos de esa índole mucho más fácilmente que con las cuerdas modernas, debido a su mucha mayor elasticidad y menor tensión. Sea en parte por esto o también por la subida constante del diapasón desde entonces hasta hoy, es por lo que en la actualidad este concierto viene siendo ejecutado el noventa y cinco por ciento o más de las veces en Re mayor, como en esta grabación.

Estructuralmente se ajusta al modelo clásico en tres movimientos. Éstos, a su vez, siguen el modelo clásico en su estructura interna. Sin embargo, terminan aquí todas o casi todas las analogías respecto a modelos precedentes, ya que Paganini los usa para crear algo nuevo: diríase que importa el género belcantista tan en boga en la época al terreno del concierto con orquesta. Así, la partitura se abre con una brillante y bastante extensa introducción orquestal de marcado carácter militar que más bien es una Obertura alla italiana en toda regla. Alguna de sus células temáticas (la anacrusa en forma de cuatro semicorcheas) y el tema B (el más lírico) serán retomados posteriormente por el violín, pero en general una vez entra éste en escena se abandona a una armónica alternancia entre pasajes de virtuosismo y de cantabilitá de enorme libertad y fantasía, que no beben las más de las veces de la introducción orquestal, ofreciendo de hecho un curioso contraste caracteriológico con ésta, si bien admirablemente complementario. La parte del violín abunda en arpegios ascendentes y descendentes y sobre todo en terceras, muchas de ellas (al menos en esta interpretación) en staccato. Concluye la exposición en la acostumbrada tonalidad de la dominante. Y de nuevo la fanfarria orquestal con el tema militar que da paso a un nuevo tema cantabile en la tonalidad de Si mayor, que posteriormente repetirá más adelante el solista. Toda la parte del desarrollo orbitará en torno a esta tonalidad de Si, tanto menor como mayor. Esta vez el violín destaca por sus acrobacias en ricochet y en décimas, creando la ilusión de un diálogo entre dos violines. Una frase entera sobre la cuerda de sol le hace emular la capacidad lírica de una soprano (para Paganini la cuarta cuerda tenía vida propia, era un instrumento dentro del propio instrumento). La posterior reexposición da paso a una imposible cadencia. Cierra el movimiento la orquesta, de nuevo con su tema marcial. El conjunto ofrece un todo enormemente sólido y bien acabado.

El segundo movimiento es un Adagio (esos adagios de Paganini donde Schubert creía oír cantar a un ángel) en la tonalidad de Si menor. De melancólica y hondísima expresividad, se abre nuevamente con una breve y operística introducción orquestal, de gran efecto melodramático. Tras esta, el violín comienza a desplegar una cantinela de elevada inspiración que transita hacia un segundo tema en el relativo mayor (Re) de espíritu más apaciguado y bucólico. Vuelta nuevamente a la sombría y dramática atmósfera predominante y concluye el movimiento en un estilo muy de prima donna, con agudo final y todo. La dificultad de este Adagio radica en el legato y el sonido tenuto.

El Rondó final muestra una joie de vivre realmente síntesis de lo que son todos los rondós de Paganini. En los ritornelli del violín destaca sobre todo el uso continuado del ricochet (otro invento más del propio Nicoló), que le otorga una enorme comicidad. A través de los sucesivos episodios el violín desarrolla todo su potencial virtuosístico, destacando sobre todo los complicadísimos pasajes en spiccato y staccato y los armónicos dobles. Un lírico receso central en la vecina tonalidad de Sol mayor sirve a modo de contraste con el conjunto.

No puede dejar de llamar poderosamente la atención que el violinista considerado por algunos en su tiempo el sucesor natural de Paganini no incluyese jamás obras de éste en sus conciertos. Achacaba este hecho al insuficiente tamaño de sus manos, si bien parece más probable una escasa estima hacia la obra del genovés la causa de este desinterés (¡cuántos violinistas hoy a pesar de unas manos ridículas llegan a tocar Paganini dignamente gracias a un concienzudo trabajo!). Estamos hablando, naturalmente, de Pablo Martín Melitón de Sarasate (Pamplona, 1844-Biarritz 1908), violinista y compositor español universal y dedicatario e inspirador de tantas obras de ilustres de su tiempo como Bruch, Laló, Saint-Saëns, Dvorak o Wieniawski (incluso, parece ser, suministró a Bizet material temático para su Carmen), que gozó de fama y gloria a ambas orillas del Atlántico. Fue, al igual que Paganini, músico y violinista nato (cuando a los 13 años entró a formar parte de la clase de Alard en París ya era un violinista consumado y, según decía, de su célebre maestro únicamente aprendió una cierta "pose" en el escenario), y a diferencia de éste, no inventó nada que no estuviera inventado ni fue un revolucionario. Simplemente adaptó a su inmenso talento y facilidad asombrosa lo ya existente y lo usó a conveniencia, haciendo especial hincapié en algunos recursos técnicos, como por ejemplo las velocísimas agilidades en escalas y arpegios,  que mejor iban a su lucimiento. Disfrutó de una vida apacible hasta el fin de sus días. En su pecho no anidaba ese fuego romántico que de tan diversos modos consumió a Paganini. A diferencia de éste, que tuvo al menos un discípulo (Camilo Sivori), Sarasate no tuvo herederos de su arte.

De su labor como compositor se han conservado poco más de cincuenta obras, todas para violín, e inspiradas las más de las veces en el folclore español, si bien escribió además fantasías sobre algunas óperas, como Der Freischütz de Weber, La forza del destino de Verdi, Fausto, Mireille y Roméo et Juliette de Gounod o la misma Carmen de Bizet. En 1878 compuso Zigeunerweisen (Aires Gitanos), su obra con diferencia más popular, que estrenó ese mismo año en Leipzig. Inspirada en la música de los gitanos (de la zona de Hungría, básicamente), Sarasate tuvo por fuerza que presenciar las exhibiciones de esos zíngaros que tanto cautivaron a buen número de grandes compositores ya desde épocas pretéritas. De hecho la tercera de las cuatro minisecciones de la pieza es una melodía del músico húngaro Elemer Szentirmay arreglada y armonizada por Sarasate con el permiso de aquél. Hay además por aquí y por allá reminiscencias de las populares czardas. (Alonso Pérez de Aranda).

Incluye libreto de 12 páginas con notas en español e inglés

CD: 15.95 €
CD: 12.00 €
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